Que nos sumergimos en esa mirada sería la explicación para no entender nada más, aislarnos del ruido que nos envolvía pero ya no retumbaba dentro de nuestros cerebros. Porque sí, nos miramos, tan profundamente que pude ver tus lágrimas a punto de salir de esos ojos secos. No era fácil emitir palabra alguna que no hiriera más de lo que ya nos habíamos herido y el hablar hubiera quedado de más.
Quizás decirte que siempre iba a amarte arruinaría ese momento placentero aunque quizás jamás tendría la oportunidad de decirlo de nuevo. Un beso era demasiado pero el silencio me abrumaba. Y quería abrazarte y quedarme así por siempre, para nunca dejarte ir de nuevo. Quería llorar una y mil veces, tener las peores desventuras, pero no tenerte lejos nunca más.
Mi corazón palpitaba acelerado y mis ojos se estaban llenando de agua de a poco. Pero no podía dejarte verme llorar, no hay nada más detestable que tu compasión. Dejé esa mirada que parecía perpetua y bajé mi cabeza. Necesitaba alejar la idea de que te tenía cerca por última vez en mi vida y repensar los millones de discursos que tenía pensados y, como siempre, nunca me acuerdo.
Silencio. No recuerdo más que silencio. El ruido ambiental se borró de mis memorias por estar tan ensimismada. Y a todo esto tu mente no parecía pensarme, sólo tus ojos mirarme, como en un estado de shock. Ese avión te esperaba junto con esa nueva ciudad y este amor se alejaba junto con todo el dolor y toda la felicidad.
Quién iba a decirlo, mi amor, nosotros despidiéndonos después de tantos besos y abrazos de un tiempo atrás. Pero la vida cambia. Cambia tanto que ya no sabés qué va a pasar un día después, dentro de un mes o en un año. Un viaje que te cambia, un amor que te marca pura y definitivamente.
Respiraste y quisiste decirme algo, lo presentí. Cuánto te conozco y cuánto más te conocí en ese momento. La angustia rezumaba y los ojos temían parpadear para dejar a la vista la tristeza en forma material. Jamás ibas a conseguirlo de mí, sabías cuánto detestaba, y cuánto aún detesto, que me vean llorar. Tu mirada estaba ahora sepultada debajo de tus cosas en una valija inmensa cerca tuyo. No querías mirarme o simplemente no podías. Y esa sonrisa que brillaba cada día en mi vida hoy estaba oculta tras una máscara de sufrimiento.
Y fue que cayó mi lágrima para sumarse a esa mañana húmeda a la vez que te acercaste, sin hablarme, como muchas otras veces a rozar mis labios con los tuyos. Quizás no era suficiente pero saciaba los corazones de una forma inexplicable. 'Te amo y siempre va a ser así', nada más que eso pude pronunciar en ese diálogo no elocuente. Y el 'adiós' que nos temíamos llegó al fin, dejándome con las manos vacías.
Quizás decirte que siempre iba a amarte arruinaría ese momento placentero aunque quizás jamás tendría la oportunidad de decirlo de nuevo. Un beso era demasiado pero el silencio me abrumaba. Y quería abrazarte y quedarme así por siempre, para nunca dejarte ir de nuevo. Quería llorar una y mil veces, tener las peores desventuras, pero no tenerte lejos nunca más.
Mi corazón palpitaba acelerado y mis ojos se estaban llenando de agua de a poco. Pero no podía dejarte verme llorar, no hay nada más detestable que tu compasión. Dejé esa mirada que parecía perpetua y bajé mi cabeza. Necesitaba alejar la idea de que te tenía cerca por última vez en mi vida y repensar los millones de discursos que tenía pensados y, como siempre, nunca me acuerdo.
Silencio. No recuerdo más que silencio. El ruido ambiental se borró de mis memorias por estar tan ensimismada. Y a todo esto tu mente no parecía pensarme, sólo tus ojos mirarme, como en un estado de shock. Ese avión te esperaba junto con esa nueva ciudad y este amor se alejaba junto con todo el dolor y toda la felicidad.
Quién iba a decirlo, mi amor, nosotros despidiéndonos después de tantos besos y abrazos de un tiempo atrás. Pero la vida cambia. Cambia tanto que ya no sabés qué va a pasar un día después, dentro de un mes o en un año. Un viaje que te cambia, un amor que te marca pura y definitivamente.
Respiraste y quisiste decirme algo, lo presentí. Cuánto te conozco y cuánto más te conocí en ese momento. La angustia rezumaba y los ojos temían parpadear para dejar a la vista la tristeza en forma material. Jamás ibas a conseguirlo de mí, sabías cuánto detestaba, y cuánto aún detesto, que me vean llorar. Tu mirada estaba ahora sepultada debajo de tus cosas en una valija inmensa cerca tuyo. No querías mirarme o simplemente no podías. Y esa sonrisa que brillaba cada día en mi vida hoy estaba oculta tras una máscara de sufrimiento.
Y fue que cayó mi lágrima para sumarse a esa mañana húmeda a la vez que te acercaste, sin hablarme, como muchas otras veces a rozar mis labios con los tuyos. Quizás no era suficiente pero saciaba los corazones de una forma inexplicable. 'Te amo y siempre va a ser así', nada más que eso pude pronunciar en ese diálogo no elocuente. Y el 'adiós' que nos temíamos llegó al fin, dejándome con las manos vacías.