Allí iban, caminando uno muy cerca del otro sin dejar de darse estúpidas sonrisas regaladas innecesarias. Me molestaba, claro que me molestaba. ¿Cómo no iba a molestarme? Debía molestarme desde cualquier punto de vista. Él volvía a esa melancólica historia de novela cursi que había elegido vivir un tiempo antes y a mí me tenía cansada. Él no veía que lo amaba tanto o no quería verlo. O quizás sí lo veía y prefería obviarlo.
Había decidido superarlo. Lo había logrado y lo tenía muy enterrado. Aunque no tanto como creía. Cuando lo vi pasar con su novia anterior otra vez, el corazón me saltó del pecho como todo el pasado que creía sepultado saltó de abajo de la tierra para asustarme y lastimarme una vez más.
Ni siquiera tenía un indicio, un mísero indicio, para sospechar que nuevamente estaban juntos. Pero lo sentía. Lo olfateaba. Lo escuchaba. Lo veía. Y por último lo degustaba. Degustaba un sabor amargo y ácido, el sabor de la derrota, el sabor de la pérdida, el sabor del pasado, el sabor de lo prohibido. Y el sabor dulce que siempre sentí al verlo. Dulce pero tortuoso.
Así fui, guardándome en el bolsillo el nudo en la garganta que tenía hecho y fingiendo una sonrisa alegre mientras el corazón estaba palpitando demasiado rápido. Subí las escaleras de mi casa con adrenalina. Llamé por teléfono a mi mejor amiga porque no podía guardarme toda la emoción. Había vuelto, lo sabía, aunque realmente no lo quería.
No estabas tan olvidado como pretendía. Me olvidé de olvidarte completamente. Será porque intentando olvidarte me olvido de otras cosas como evitarte.
Había decidido superarlo. Lo había logrado y lo tenía muy enterrado. Aunque no tanto como creía. Cuando lo vi pasar con su novia anterior otra vez, el corazón me saltó del pecho como todo el pasado que creía sepultado saltó de abajo de la tierra para asustarme y lastimarme una vez más.
Ni siquiera tenía un indicio, un mísero indicio, para sospechar que nuevamente estaban juntos. Pero lo sentía. Lo olfateaba. Lo escuchaba. Lo veía. Y por último lo degustaba. Degustaba un sabor amargo y ácido, el sabor de la derrota, el sabor de la pérdida, el sabor del pasado, el sabor de lo prohibido. Y el sabor dulce que siempre sentí al verlo. Dulce pero tortuoso.
Así fui, guardándome en el bolsillo el nudo en la garganta que tenía hecho y fingiendo una sonrisa alegre mientras el corazón estaba palpitando demasiado rápido. Subí las escaleras de mi casa con adrenalina. Llamé por teléfono a mi mejor amiga porque no podía guardarme toda la emoción. Había vuelto, lo sabía, aunque realmente no lo quería.
No estabas tan olvidado como pretendía. Me olvidé de olvidarte completamente. Será porque intentando olvidarte me olvido de otras cosas como evitarte.