Su piel se veía suave de lejos y de cerca, y su perfume llenaba los pulmones de aquel muchacho de placer. Ella lo perseguía con la mirada discretamente para disimular todo lo que lo quería. Es que desde hacía ya unos meses él tenía novia, a pesar de todo lo que había pasado entre ellos dos un tiempo atrás.
Delante de las miradas prejuiciosas de todos, ella cuidaba su integridad ahogando los gritos desesperados por pedirle amor. Pero en la soledad de su mente no pensaba en otra cosa. Extrañaba desde lo más profundo de sus entrañas la forma en que él la miraba antes. Ahora esas miradas se decodificaban mostrando culpa, algún "perdón" que no podía haberse pronunciado.
Él sentía que la había traicionado y que la seguía traicionando cada vez que le decía "te amo" a su novia. Es que se sentía en el deber de quedarse con esta nueva chica pero en su corazón se arraigaba cada vez más un amor incondicional hacia otra, esa a quien solía mirar con cariño y recelo cada vez que otro se le acercaba.
Ella era orgullosa por sobre todo y jamás iba a reconocerle todo lo que la había lastimado. No podía entender desde ningún punto de vista por qué había dejado de pelear por ella en algún momento. Ella sabía que debía haberlo mirado antes pero ya no podía volver el tiempo atrás. Y aunque lo hubiera intentado, no se podría haber permitido quererlo tanto como lo quería.
Él era superficial por sobre todas las cosas. Le había atraído el movimiento de su pelo y no veía más allá de su cara bonita. Con el tiempo se dio cuenta de que esa superficialidad estaba desapareciendo y que ella le importaba de verdad. Antes peleaba por ella para mostrarse ganador, hoy no peleaba por ella pero le gustaría haber peleado por su cariño. Ya no le importaba cuánto se movía su cabello ni como brillaba su piel. Solo quería tenerla con el.
Una mañana nublada, ella estaba en el colegio cuando le llegó un mensaje de texto. "¿Podemos hablar a la salida? te espero en la plaza, ya sabes cuál". Era él. Si, era él, y nada la alegraba más. Sonrió con esa sonrisa amplia que la caracterizaba y guardó su teléfono en el bolsillo. Quería tenerlo lo más cerca posible, como si ese celular fuera él. Sus amigas se percataron de su buen humor y no entendían qué había pasado. Aunque sospechaban de algún tema relacionado con él. Siempre la ponía feliz saber esas cosas.
No dejaba de pensar en ese mensaje. No quería olvidarse jamás de ese mensaje. Y no lo hizo hasta que se acordó de algunas cosas. Se acordó de aquel chico con el que estaba saliendo hacía un tiempo sin llegar a nada serio. Se acordó y se sintió culpable. Culpable por no sentir lo que sentía por ella. Culpable por sentir mil cosas más fuertes por alguien que la alegraba cada tanto, como ese día, con un simple mensaje de texto. No entendía qué quería de ella, ya la había herido lo suficiente.
Era la una y media cuando él la vio doblar la esquina. Sonrío levemente y en seguida cambió la cara. Estaba un poco aturdido y no sabía qué debía hacer.
Se saludaron reluciendo incomodidad y se miraron fijo durante algunos segundos. Él sentía que debía empezar a hablar, después de todo, él era quien le había pedido a ella verse. Sin embargo, esta vez, ella tomó la iniciativa.
-Querías hablar, te escucho-dijo intentando parecer indiferente.
Y en ese momento, él tomó aire cargado de coraje y empezó a balbucear un interminable discurso confuso sobre lo que sentía en ese momento. Que la necesitaba. Que se sentía mal por haberla dejado atrás. Que no la quería, que la amaba.
Ella sentía cada palabra como un dolor que disfrutaba. Le encantaba tenerlo ahí diciéndole lo que acababa de escuchar: nada más y nada menos que la amaba. Pero quería borrar completamente la idea de que las palabras se las llevaba el viento junto con las hojas de ese otoño y él, a pesar de todo, tenia novia. Así que, de a poco, las lágrimas le fueron llenando los párpados y comenzaron a correr carreras por sus mejillas.
-...y no puedo dejar de pensar en vos-dijo para concluir.
-¿Por qué me hacés esto?-atinó a contestarle-¿Por qué no me dejás en paz? Estoy bien con quien estoy y vos con quien estás.
-Dejemos de mentirnos. Vos no estas bien con él-se defendió.
-Sí, estoy bien-pronunció, con su orgullo como escudo.
-¿Segura?
-No, la verdad es que no. Que...
-Que...
-Que sí, que es verdad, que yo también te amo.
Él le sonrió como nunca le había sonreído. Y la beso.
Para ella, ese beso fue satisfactorio y escalofriante a la vez. Tenía miedo pero no buscaba nada más que tenerlo cerca.
En ese momento se escuchó un grito melancólico que aclamaba el nombre del chico y dejó de besarla. Quien gritaba era nada más y nada menos que su novia, quien había llegado justo para la parte culminante, el beso del final. Él salió corriendo a buscarla, dejando a ella con cien lágrimas en los ojos y un millón mas por llorar. Después de todo, sus instintos no le fallaban, a él solo le gustaba apreciarla.
Delante de las miradas prejuiciosas de todos, ella cuidaba su integridad ahogando los gritos desesperados por pedirle amor. Pero en la soledad de su mente no pensaba en otra cosa. Extrañaba desde lo más profundo de sus entrañas la forma en que él la miraba antes. Ahora esas miradas se decodificaban mostrando culpa, algún "perdón" que no podía haberse pronunciado.
Él sentía que la había traicionado y que la seguía traicionando cada vez que le decía "te amo" a su novia. Es que se sentía en el deber de quedarse con esta nueva chica pero en su corazón se arraigaba cada vez más un amor incondicional hacia otra, esa a quien solía mirar con cariño y recelo cada vez que otro se le acercaba.
Ella era orgullosa por sobre todo y jamás iba a reconocerle todo lo que la había lastimado. No podía entender desde ningún punto de vista por qué había dejado de pelear por ella en algún momento. Ella sabía que debía haberlo mirado antes pero ya no podía volver el tiempo atrás. Y aunque lo hubiera intentado, no se podría haber permitido quererlo tanto como lo quería.
Él era superficial por sobre todas las cosas. Le había atraído el movimiento de su pelo y no veía más allá de su cara bonita. Con el tiempo se dio cuenta de que esa superficialidad estaba desapareciendo y que ella le importaba de verdad. Antes peleaba por ella para mostrarse ganador, hoy no peleaba por ella pero le gustaría haber peleado por su cariño. Ya no le importaba cuánto se movía su cabello ni como brillaba su piel. Solo quería tenerla con el.
Una mañana nublada, ella estaba en el colegio cuando le llegó un mensaje de texto. "¿Podemos hablar a la salida? te espero en la plaza, ya sabes cuál". Era él. Si, era él, y nada la alegraba más. Sonrió con esa sonrisa amplia que la caracterizaba y guardó su teléfono en el bolsillo. Quería tenerlo lo más cerca posible, como si ese celular fuera él. Sus amigas se percataron de su buen humor y no entendían qué había pasado. Aunque sospechaban de algún tema relacionado con él. Siempre la ponía feliz saber esas cosas.
No dejaba de pensar en ese mensaje. No quería olvidarse jamás de ese mensaje. Y no lo hizo hasta que se acordó de algunas cosas. Se acordó de aquel chico con el que estaba saliendo hacía un tiempo sin llegar a nada serio. Se acordó y se sintió culpable. Culpable por no sentir lo que sentía por ella. Culpable por sentir mil cosas más fuertes por alguien que la alegraba cada tanto, como ese día, con un simple mensaje de texto. No entendía qué quería de ella, ya la había herido lo suficiente.
Era la una y media cuando él la vio doblar la esquina. Sonrío levemente y en seguida cambió la cara. Estaba un poco aturdido y no sabía qué debía hacer.
Se saludaron reluciendo incomodidad y se miraron fijo durante algunos segundos. Él sentía que debía empezar a hablar, después de todo, él era quien le había pedido a ella verse. Sin embargo, esta vez, ella tomó la iniciativa.
-Querías hablar, te escucho-dijo intentando parecer indiferente.
Y en ese momento, él tomó aire cargado de coraje y empezó a balbucear un interminable discurso confuso sobre lo que sentía en ese momento. Que la necesitaba. Que se sentía mal por haberla dejado atrás. Que no la quería, que la amaba.
Ella sentía cada palabra como un dolor que disfrutaba. Le encantaba tenerlo ahí diciéndole lo que acababa de escuchar: nada más y nada menos que la amaba. Pero quería borrar completamente la idea de que las palabras se las llevaba el viento junto con las hojas de ese otoño y él, a pesar de todo, tenia novia. Así que, de a poco, las lágrimas le fueron llenando los párpados y comenzaron a correr carreras por sus mejillas.
-...y no puedo dejar de pensar en vos-dijo para concluir.
-¿Por qué me hacés esto?-atinó a contestarle-¿Por qué no me dejás en paz? Estoy bien con quien estoy y vos con quien estás.
-Dejemos de mentirnos. Vos no estas bien con él-se defendió.
-Sí, estoy bien-pronunció, con su orgullo como escudo.
-¿Segura?
-No, la verdad es que no. Que...
-Que...
-Que sí, que es verdad, que yo también te amo.
Él le sonrió como nunca le había sonreído. Y la beso.
Para ella, ese beso fue satisfactorio y escalofriante a la vez. Tenía miedo pero no buscaba nada más que tenerlo cerca.
En ese momento se escuchó un grito melancólico que aclamaba el nombre del chico y dejó de besarla. Quien gritaba era nada más y nada menos que su novia, quien había llegado justo para la parte culminante, el beso del final. Él salió corriendo a buscarla, dejando a ella con cien lágrimas en los ojos y un millón mas por llorar. Después de todo, sus instintos no le fallaban, a él solo le gustaba apreciarla.
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