sábado, abril 24, 2010

De mí a mí misma.


En la vida cotidiana surgen problemas de todo tipo. Problemas para dormir o problemas para despertarte. Problemas para llegar temprano al colegio. Problemas con el auto, que a veces se rompe. Problemas de un libro de matemáticas que no tiene la culpa de ser libro de matemáticas. Problemas de mal humor al mediodía cuando tenés hambre. Problemas en educación física cuando no tenés ganas de hacer actividad. Problemas en algún hueso y/o músculo por no hacer bien un movimiento. Y problemas más severos. Problemas con tus amigos que pueden llegar a ser irreversibles. Problemas con tu familia después de años y años de convivir más o menos gratamente. ¿De dónde salió toda esta histeria generalizada que ocupa completamente el cerebro y no te da lugar para seguir con lo demás? ¿Cómo se rompió ese importante equilibrio que llevabas en el día a día? Y necesitás soporte. Alguien que aguante todo el peso que sentís con vos. ¿Y qué pasa cuando todo eso falla? ¿Cómo seguís cuando no hay soporte alguno desde ningún lado? ¿Y cuando necesitás renovar tu ambiente? Un cambio de colegio, una mudanza, un alejamiento completo de tu vida rutinaria. Es completamente imposible, y no encontrás salida alguna para toda la crisis que estás viviendo. Ahí te das cuenta de que estás creciendo, de que el mundo no es perfecto como lo tenías pintado hacía unos 10 años atrás, de que con el tiempo construíste a tu alrededor una coraza que te había vuelto inerte, que no te dejaba sentir nada, absolutamente nada. Pero la pasión y el amor que le tuviste a él era la prueba de que aún seguías viva. Aunque seguías sin sentir. Subías a un escenario a cantar y no te dolía la panza. No disfrutabas de lo que toda tu vida te había gustado hacer, como bailar o cocinar. Vivías encerrada entre cuatro paredes que sellaban al vacío tus emociones y no te dabas cuenta. Pero las cosas te pesaban. Te pesaban tanto, tanto, que un día estallaste. El detonador de la bomba estaba listo hacía mucho tiempo para destruir ese caparazón que llevabas puesto. Y dijiste BASTA, por fin. Ya era hora de dejarle al mundo saber que sí te importaba lo que hacían, lo que pensaban, lo que decían. Desde ese día no fuiste nunca más la misma. Te rebelaste con las personas que lo merecían y con las que no. Y te gustó. Te gustó saber que a veces podías ser escuchada. Pero preferías guardar todo y detonar al final. Y así te fue en la vida. Te enfermaste de tristeza millones de veces. Vomitabas palabras y vomitabas desde el estómago. Eras feliz para el exterior pero por dentro te estabas autodestruyendo. Te dabas cuenta de que tu papá te quería menos de la mitad que a tu hermana y tu mamá te estaba dejando un poco de lado. Quizás no lo hacía intencionalmente, le dolía mucho que crecieras tan rápido. Y allí fuiste, arremetiste contra el mundo y volviste cabizbaja y con mil lágrimas para llorar. Te diste cuenta de que nunca ibas a poder salir adelante sola y que el mundo podía ponerse en contra tuyo en cuestión de segundos, porque ya te había pasado y tenías mucho miedo a que esa maldita historia familiar se repitiera en otros contextos. Así que tanteabas el terreno, buscabas excusas y aliados, y allí ibas, encabezando una nueva batalla. Nunca miraste atrás, nunca pediste perdón. Creo que ya es tiempo de disculparte con algunas víctimas por tu sed de gloria. Cuando volviste a sentir, descubriste lo que era amar mucho a alguien. Y sentir por primera vez toda esa emoción te dejó petrificada. No sabías qué hacer ni cómo actuar. Y él no colaboraba, le encantaba verte mal. Por enésima vez en tu vida, te estabas dejando pisotear. Tanto amor nunca fue tu fuerte. Pero perseveraste, caíste y te levantaste. Intentaste otra vez capturarlo pero él siempre te capturaba a vos. Probaste mil modos, pero ninguno funcionó. Quizás el destino te había engañado, quizás no era para vos. Gracias al tiempo, lograste superarlo a de poco. Aunque siempre lo vas a amar. Y hoy se te interponen muchos problemas más. Más complejos de los que pueden surgir de las olimpiadas matemáticas. Pero vas a poder salir, estoy segura. De todos modos, siempre te gustó llorar un poco.

No hay comentarios:

Publicar un comentario