lunes, enero 19, 2009

Apariencias engañosas

"Hola, te vi en el club y conseguí tu msn. Sos muy linda, ¿sabías?" apareció en la computadora de Marina. "Gracias. Pero, ¿quién sos?" le contestó. "Tu admirador secreto, se podría decir. No quiero que sepas quién soy, sería todo muy complicado" le dijo aquel misterioso hombre.
En el club... ella pensaba y pensaba, pero nadie se le ocurría. Las posibilidades le exaltaban el corazón, que latía a mil por hora, como compitiendo con un auto en plena carrera. ¿Sería...? No, imposible. No podía ser Julián. Aunque ella estuviera enamorada hacía años, se llevaban muy mal. Él era arrogante y deshonesto hasta un punto inhumano pero, aún así, ella no podía evitar amarlo en lo más profundo de su alma. Mucho. Demasiado. Tanto como para decir que si un día él se moría, su corazón quedaría totalmente vacío. Sus pareces harían ecos de su nombre y de a poco se irían carcomiendo hasta desaparecer en unas inútiles ruinas que no servirían nunca para nadie. Pero no, él no podía ser. Bueno, sería su enamorado secreto. Al menos, hasta que pudiera lograr que le confesara su identidad.
Esa incertidumbre de querer saber quién era esta persona que la amaba en secreto la tenía desquiciada. Aunque, como era de esperarse, su admirador secreto le pidio encontrarse en un lugar donde nadie los viera: un cuarto de mantenimiento al lado de las piletas del club que ni siquiera luz tenía. Ella necesitaba saber quién era, así que accedió gustosa. Pero las dudas surgieron y Marina no sabía si quería encontrarse con él. A pesar de todo, amaba a Julián más que a nadie y no necesitaba de otro. Por otro lado, el querer saber quién era le dejó muy poco pensar en Julián y, de todos modos, fue.
Golpeó una puerta de metal, pintada de blanco, con manchas de óxido y pintura rascada. Una voz muy varonil le preguntó si era Marina. Por supuesto que lo era, ¿a quién más se le ocurría aparecer por ese lugar? La puerta se abrió y ella entró. A la misma velocidad que se abrió, se cerró, mientras la misma voz le decía "esperé mucho por poder estar con vos a solas. Aunque realmente no nos llevemos bien, siempre te amé". Ella reconoció esa voz al pronunciar esas palabras pero aún no lo creía posible. Él se acercó a ella hasta rozar sus labios con su propia boca. Pero no soltó ni un sólo beso, tan sólo estaba cerca para escuchar su respiración y sentir su aroma. Estuvieron un tiempo así, sin tocarse, sin hablarse, sólo sintiéndose cerca el uno del otro. Él se acercó a su oído y le susurró algunas palabras con un tono débil en su voz. Las manos le temblaban y un sudor incómodo empezaba a invadirlo. Estaba tan nervioso que no sabía si dar el próximo paso. Ella aparentaba una tranquilidad nula porque, realmente, estaba tan o más perturbada que él.
Unos segundos después, él se acercó a la boca de ella y posó sus labios suavemente sobre los suyos. "Julián, te odio... pero también te amo, siempre lo hice" dijo ella. "¿Por qué tenemos que odiarnos, si, secretamente, nos amamos?" preguntó él. "Porque no soporto tu arrogancia y deshonestidad" le contestó Marina. "Qué irónico; yo pensaba lo mismo de vos. Pero juro por dios que nunca dije una sóla mentira. Por lo menos no alguna que pudiera herir o complicar a nada ni nadie. Quizás demuestre aires de superioridad que no tengo. Yo no soy así" pronunció decididamente. Ella se quedó sin palabras. Y a falta de palabras le dio un beso. Tan apasionado que siempre ambos lo recuerdan. "Quizás siempre seamos víctimas de las apariencias engañosas. Pero hoy nada más me importa que lo mucho que te amo y mis ganas de poder gritarlo a los cuatro vientos. Te amo, Julián" dijo ella. "Ya que no nos odiamos, ¿por qué no gritarlo a todos los vientos habidos y por haber?" exclamó lógicamente Julián. "TE AMO, MUCHO, MUCHO MÁS DEL TE AMO QUE TE DIGO" se escuchó en un grito ensordecedor. Y desde ese día que ambos no se separan.

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