La gente se agolpaba. La calle estaba llena. La multitud no me dejaba ver a más de medio metro y el calor me sofocaba. Lo busqué, juro que lo busqué. Pero la situación era complicada como para encontrarlo.
"Me cayó una gota !", dijo un chico, arriba de los hombros de su padre. "A mí también", le dijo su hermano, agarrado de la mano, para no perderse. El cielo estaba negro. Ningún rayo de sol podía escaparse de su cárcel de nubes. Cayó la primera gota; la segunda; la tercera. De a poco, se hacían más y más intensas hasta llegar a cubrir el suelo de agua.
Todos corrían. Yo entendía muy poco de lo que se decía. Era una tormenta, ¿a quién le importaba eso, ya? A mí no. Quería encontrarlo de todas formas, le había prometido ir a verlo.
La noche anterior me había llamado. "¿Necesitabas algo, Tomi?" le pregunté. Era raro que me llamara, mucho tiempo después de haber terminado una dolorosa relación. "En realidad, me dieron ganas de verte... quería escuchar tu voz" me contestó. "¿De eso querías hablar?" fue lo primero que pude contestarle. Estaba sorprendida. "No, en realidad, no". Un silencio incómodo nos invadió. ¿Qué más habría para decir? "La verdad, es que te extraño, Lu. Siento que los días pasan y me llevan más rápido a pasar tiempo valioso sin ver tu sonrisa, sin robarte un sólo beso. Te extraño, eso es". "Sos valiente al reconocerlo. Sí... un poco es así. Me gustaba estar con vos pero las cosas se dieron así. Siempre tuvimos complicaciones" dije. Me sentía fuerte para soportar lo que viniera y responder lo que realmente sentía. "Te diría muchas cosas en este mismo instante... pero prefiero verte y decirlo personalmente". Me dijo de vernos al día siguiente, que había un show en el barrio. Acepté, muy segura. ¿Qué era lo tan importante para hablar?
"Todos, por favor, aléjense. Un chico se lastimó, está grave. Les recomendamos ir a sus hogares hasta que la tormenta se calme. Muchas gracias" se escuchó por un parlante. ¿Un chico herido? TOMÁS !
Corrí como si estuvieran por matarme. Necesitaba verlo, quería saber si estaba bien. Pero ese no era él. Y ya nadie quedaba cerca. Él no estaba.
A las muchas gotas de ese diluvio se sumaron, una a una, mis lágrimas. Le había creído una vez más y de nuevo me había engañado. Era tonta, muy tonta. Me paré, me sequé las lágrimas. No iba a dejarlo saber que me había lastimado otra vez. El orgullo me ganaba. Caminé unos pasos, mirando para abajo. Me choqué con alguien. "Perdón, se me hizo tarde". Levanté la vista. Era él, no me había engañado. No pude ocultar una sonrisa, que demostraba mi inmensa felicidad.Y ahí mismo, abajo de la lluvia, me dio un beso. El mejor beso que me dieron en mi vida.
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