domingo, enero 18, 2009

Maldita incertidumbre

El 4 de Abril (casi un mes después de que empezaran las clases) Octavio me peguntó si quería ser su novia. Le dije que sí sin pensarlo, y empecé a gritar por toda mi casa. Ese día empezó mi felicidad.
El noviazgo fue hermoso, pero poco duradero: el 17 de Mayo todo terminó. Creo que él nunca me perdonó, pero nunca supo que yo tampoco me lo perdono.
Todo era perfecto: él me amaba, yo lo amaba, él me escribía cartas, yo le escribía cartas (por supuesto, como cualquier persona enamorada e inspirada, mis cartas eran largas y llenas de TE AMO), él me decía TE AMO, yo le decía TE AMO, él escuchaba pop por mí, yo hablaba de juegos de guerra y lucha por él, yo lo amaba, y demasiado. Nos veíamos en inglés y en el colegio. Hablábamos mucho. Yo no paraba de pensar en él: en su cara, en su pelo, en su campera verde manzana, en sus aparatos (que los amaba y nunca supe por qué), en sus frases, en su voz, en cómo me hablaba, en las cosas lindas que me decía, en todo él, porque estaba realmente enamorada. Más que enamorada. Volaba por las nubes a toda hora.
Pero el 15 de Mayo empecé a dudar. No sabía si Octavio me gustaba. Creía que no. Por dos días hablé con Camu y Lu, que me aconsejaron hacer lo que sintiera. Así que cuando llegó la mañana del 17 de Mayo, corté con él (mi primer error en esta historia). Estaba enojado, yo lo sabía, aunque me dijera que no. Me odiaba, aunque no lo dijera. A mí ya no me gustaba así que seguí con mi vida de soltera, por así decirlo. Pero ahí cometí el segundo error: creer que ya no lo amaba.

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